21 abr. 2013

Frío de muerte

                                      
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aurelio Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Recordaba como sus pequeños pies habían aplastado la capa de nieve que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Era también la primera vez que veía la nieve, por lo que pisaba con mucha suavidad, con miedo a romper aquella fina capa blanca.
            Su padre lo llevaba de la mano, prácticamente arrastrándolo, ya que él no podía alcanzar sus pasos gigantescos, por muchos rápidos pasos que diera. Con los ojos como platos, Aurelio Buendía, lo observaba todo a su alrededor, intentando rozar la nieve con los dedos, para averiguar su tacto, y ya de paso, su sabor.
            A pesar de que su madre le había hablado sobre la nieve, él nunca se la había imaginado así. Tan pura, tan blanca, tan bella…
            Allí donde vivía, nunca había tenido la oportunidad de ver la nieve. Solo existía en los cuentos de viejas, en los cuales te preguntas qué parte es verdad, y cuál delirio de una anciana mente.
Sin embargo, nunca pensó que lograría verla algún día. Que notaría como aquellos extraños copos de nieve se posaban en su rostro, fundiéndose por el calor de su piel.
            Y al estar allí, delante del blanco y helado espectáculo, se había dado cuenta de que merecía la pena haber hecho tanto trayecto y haber entrado, no de manera demasiado legal, en aquel país, con tal de poder admirar aquello.
            Después de mucho andar, y al comenzar a notar los zapatos mojados, habían llegado a un gran lago, cubierto de hielo. Aurelio Buendía no era capaz creer lo que veía; el agua que el día anterior tan cristalina le había parecido, se había convertido en algo sólido. Su padre se había girado y le había mirado, con una sonrisa satisfecha.
“¿Ves? Está completamente congelado. El tiempo esta de nuestra parte, Aurelito”- recordó que le dijo entonces.
Con sus fuertes brazos, le había empujado suavemente para que probase a pisar el hielo. Al hacerlo, el hielo crujió un poco debajo suyo, como si se quejase del repentino peso, pero se mantuvo firme. Con cierto cuidado, el pequeño había avanzado adelante, los brazos estirados, como si fuese a echar a volar, para no perder el equilibrio.
Se había dado cuenta de lo resbaladizo que era cuando estuvo a punto de caerse un par de veces, bajo la atenta mirada de su padre se reía alegremente de él en la orilla.
Avanzando lentamente, con cuidado en no dar ningún paso en falso, Aurelio fue avanzando hasta llegar al centro. Complacido, se arriesgó a levantar la vista y a mirar a su alrededor. Se había quedado quieto, los brazos aún levantados, y había notado el fresco viento en su cara. Cerró los ojos, esbozando una sonrisa, y sintiéndose el rey del mundo, allí, en mitad del hielo, donde nadie podía tocarlo, avanzó un paso más.
Y de repente, el hielo se había resquebrajado. Aurelio Buendía se había hundido en las oscuras aguas, frente a la mirada horrorizada de su padre.
Recordaba a la perfección aquel frío intenso. Aquel dolor agonizante que le había taponado los sentidos y que le había recorrido todo el cuerpo, un cuerpo que luchaba inconscientemente por salir. Llegó a pensar que iba a morir, allí, bajo el hielo, y que nadie encontraría jamás su pequeño cuerpo.
Esa misma sensación de miedo agonizante le presionaba el corazón en ese momento, frente al pelotón, mientras intentaba cruzar la mirada de alguno de sus futuros asesinos, intentando que se apiadasen de él.
Sin embargo, no surgió efecto alguno, y varias balas golpearon su cuerpo al grito de “¡Fuego!”. El tacto de las balas le recordó a aquel frío. El frío de la muerte. Y en ese momento, nadie saldría a rescatarle del dolor que recorría su cuerpo.


Esto forma parte de un trabajo de lengua en el cual debíamos continuar el comienzo de "100 años de soledad". Espero que os guste. 

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