21 abr. 2013

Quizás todo habría sido distinto...


Quizás todo habría sido distinto de no haber vivido con su padre.
Pero no podría saberlo, ya que al haber ganado el juicio, Joseph se había quedado con su custodia.

Recordaba con toda claridad como su madre había exclamado, desesperada y con lágrimas en los ojos, que de qué modo pretendían que aquel hombre cuidara de su hijo, si ni siquiera podía cuidar de sí mismo.
Y era cierto. Joseph era el típico hombre de los que les habría ido mejor la vida de no haber tenido hijos. De aquellos que no están hechos en absoluto para formar una familia, y cuya felicidad se basa en quedarse en el sofá viendo el futbol, con cerveza en una mano, y otra enterrada en una bolsa de patatas.
Tenía una naturaleza bastante brutal, y tanto su hijo, como su exmujer, tenían unos cuantos recordatorios de este hecho, por lo que se hacía mucho más inverosímil que hubiese logrado ganar aquel juicio.
De todos modos, Joseph nunca había querido la custodia. Simplemente le guardaba demasiado rencor a su exmujer, y decidió hacerle la vida imposible de todos los modos que estuvieran a su alcance. Y lo consiguió. Cuando se enteró de que no podría volver a ver a su hijo, Susana, puso fin a ese sufrimiento definitivamente, y derramó sus lágrimas casi tanto como su sangre.
A pesar de que él se regodeó viéndola destrozada, se sorprendió al ver que su hijo se subía al coche con él.
Una vez cumplido su propósito, se olvidó por completo de que tenía un crío que a partir de entonces sería responsabilidad suya.

Su padre comenzó a beber cuando se dio cuenta de que no tenía ninguna salida, ni amorosa, ni laboral, ya que nadie quería a nadie tan despreocupado y obcecado como él en el trabajo o, incluso, como pareja.
Cayó en depresión; dejó de buscar trabajo y se pasaba los días cantando canciones de borrachos, o descargando su rabia en lo más cercano suyo, así que cada vez que su padre le arrinconaba en una esquina y los golpes furiosos de borracho daban en blanco y no golpeaban solamente las paredes, Marco abrazaba con fuerzas un viejo peluche,- su único amigo, descolorido ya de tantas lágrimas- como si aquello le diese algún tipo de fuerza e intentaba aguantar las ganas de gritar, ya que eso solo le haría recibir más golpes.

Desde entonces, en el rostro de Marco no volvió a aparecer esa sonrisa infantil de la que tanto había alardeado su madre.
La tristeza cruzaba su cara. Era demasiado pequeño como para intentar camuflarlo, pero suficientemente mayor como para entender que quería acabar con ello.
Sin embargo, no era fácil. La sensación de abandono no solo venía de parte de su padre.
En el colegio no tenía apoyo de ningún niño, ya que a nadie le atraía alguien que se pasaba el día cabizbajo.
Todas las noches, Marcos lloraba desesperado entre las sábanas, y rezaba como le habían enseñado, con la esperanza de que al día siguiente todo cambiase y se diese cuenta de que todo había sido una pesadilla. Y después de los rezos, se abrazaba a sí mismo y caía rendido en los brazos de Morfeo.
Le gustaba dormir, ya que el único lugar en el que podía escaparse de su malhumorado padre, era en sus sueños. Allí podía lograr todo lo que quisiera, y solía soñar que su madre volvía con él, y le susurraba al oído que todo mejoraría, que no había de que preocuparse.
Pero solo eran imaginaciones de su subconsciente, así que cada día se levantaba temblando de miedo al darse cuenta de que nada había cambiado, y de que tendría que seguir soportando los arrebatos de mal humor de su padre.

Y así, con la única compañía de sí mismo, y de su viejo amigo, fueron pasando los días y Marco se fue cerrando en su propio mundo, cada vez con la mirada más sombría y comunicándose  menos con el resto del mundo.
Llegó un momento en el que simplemente no se levantaba de la cama y se quedaba tumbado mirando al techo mientras imaginaba todo tipo de locuras, lo que fuera con tal de anestesiarse del mundo.
Llegó a crear un mundo en el cual tenía todo lo que añoraba en la realidad; una madre, una familia, unos amigos,… una vida normal, al fin y al cabo. De esas que se relatan en los cuentos de final feliz, en los cuales en ningún momento se habla de un padre borracho o de un niño de sonrisa triste y de lágrimas fáciles.
Y en ese mundo paralelo empezó a vivir. Llegó a parecerle más real que su vida, por lo que cada vez que sufría algún tipo de abuso, pensaba que era únicamente una pesadilla, y esperaba con paciencia el despertar sobresaltado.

Sin embargo, para bien o para mal, todo acabaría pronto.
Una noche, Joseph bebió más de lo acostumbrado. Quizás eso no habría supuesto demasiado problema si Marco hubiese estado en su cuarto, encerrado, o si su padre se hubiese ido con sus amigos en vez de emborracharse allí. Pero estaban los dos en casa, y solos.
Sucedió en otoño. Justo coincidía con su aniversario de bodas. Puede que fuera esa la razón por la que Joseph bebió más de lo acostumbrado; por la rabia que le producía la fecha o porque sentía algún tipo de remordimientos. O puede, simplemente, que quisiera conocer sus límites.

Marco estaba sentado en uno de los escalones de arriba, con su peluche bajo el brazo, y sopesando la posibilidad de deslizarse por la barandilla hasta abajo. Su padre apareció detrás de él. Al escuchar el ruido que hicieron sus tambaleos, Marco se levantó apresurado y se giró, mientras apretaba fuertemente su peluche contra su cuerpo, asustado por si volvía a emprender en golpes contra él.
Sin embargo, Joseph no tenía fuerza ni para eso. Clavó su mirada en la pequeña figura de su tembloroso hijo, y pensando quizás que el pequeño le sujetaría, dejó caer todo su peso sobre él.
Lógicamente, el pequeño no tenía suficiente fuerza. Perdió el equilibrio, y tras un intento fallido de agarrarse a algo, cayó de espaldas por las escaleras. Su frágil cuerpo se golpeó contra los escalones y rodó hasta los pies de la escalera. Su padre era mucho más grande, y la gravedad no le había hecho tanto efecto, por lo que estaba en mitad de la escalera, inconsciente, probablemente por efecto del alcohol, más que por el golpe.
Pero el golpe no perdonó a Marco, que nunca volvió a levantarse.

Puede que no se mereciese ese final. Puede ser que la vida fuese muy injusta con él al no concederle ni un poco de felicidad. Aunque quizás, como consolación nos queda que ahora Marco puede vivir todas aquellas cosas con las que soñó, y reunirse con alguien que realmente cuide de él, ya que las soluciones no solo están aquí, en esta vida.

Y nadie ha escrito un cuento sobre algo así, porque como su propio nombre indica, son solo cuentos, no forman parte de la realidad.
Sin embargo, esta  historia es real.
 Y en vez de llorar por su triste final, alégrense por su felicidad.

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