6 may. 2012

Atrapados


Hola a todos!! Hace mucho tiempo que no cuelgo nada por aquí :S tendrán que disculparme, pero he tenido bastantes exámenes por estos tiempos. Es más, esta historía que voy a colgar ahora, en realidad es un trabajo de lengua. Lo siento si no he continuado con "Debate de Dioses", en cuanto encuentre tiempo colgaré la continuación. Pero hasta entonces, les dejo con este relato corto.
Gracias a todos/as una vez más.

 No os olvideis de comentar!! :)

“Mi nombre es Adara. Un típico nombre del lugar donde provengo.
Estamos en el año 2057.
Desde hace mucho tiempo, yo y mis compañeros vivimos en un túnel.
He perdido la cuenta de los días que llevamos aquí, ya que a esta profundidad no vemos la luz del sol, pero según mi contador llevamos 6 miliastros, que equivalen a 3 meses humanos.
Estamos aquí encerrados porque huimos del sistema democrático de la Tierra.
Un sistema que te impide tener cualquier tipo de pensamiento coherente. Desde que nacen, controlan todos tus movimientos gracias a una enorme sala de mandos.
Siempre hay guerra. En todos momentos. Los seres que habitan este mundillo son todos iguales, clones de un solo ser. Así son los humanos. En su vacío cerebro les inyectan una sola idea. Matar. De todas las formas existentes, pero únicamente matar. No tienen ningún tipo de sentimiento, a excepción del placer que les causa el asesinato, lo que les convierte en prácticamente invencibles, ya que no sienten el dolor. Una nueva generación de robos, armas sin corazón ni nada que perder.
Yo y mis compañeros venimos del planeta Soriante, a miles de kilómetros de este pequeño planeta. Nos venimos aquí cada uno por razones distintas, a pesar de que nos advirtieron de que era muy arriesgado, ya que era todo muy primitivo y peligroso. Pero ninguno de nosotros sabía lo que aquí nos esperaba.
Cuando llegamos, nos asignaron una casa y cada día, nos iban haciendo olvidar nuestros pensamientos e intentaron convertirnos a nosotros también en autómatas creados para acabar con las vidas de los demás humanos. Algunos cayeron en sus redes y nos abandonaron. Pero otros reaccionamos a tiempo y conseguimos escapar gracias a la mente privilegiada de alguno de nuestros compañeros. Pero en el momento en que huimos, nos dimos cuenta del nivel de problemas que tenemos: no hay cohete de vuelta. Estamos encerrados aquí para siempre. Lo que era un plan de visita se ha visto transformado en una lucha de supervivencia, condenados a seguir aquí y a no volver a ver a nuestros familiares.

El túnel está situado en el mismísimo interior de la tierra, no muy lejos de su corazón.
Cada cierto tiempo, algunos estallidos de magma nos obligan a alejarnos del punto que consideramos perfecto para no ser localizados. Es eso, o morir carbonizados.
No sabemos si se han dado cuenta de nuestra desaparición, ya que el recuento de personas se hace cada mucho tiempo, pero lo que sí que es seguro es, que cuando se den cuenta, tendremos los segundos contados.

Aquí abajo, tan solo somos 5. Una pareja de luna de miel (extraño lugar eligieron para tan bello propósito), una mujer embarazada que venía como ayudante en mi investigación, un muchacho bastante silencioso de ojos azules, que no nos ha querido decir a que venía y yo, que siempre había tenido curiosidad por ver el modo primitivo de vida de los terrícolas y necesitaba material para un proyecto. Antes éramos más, muchos más. Pero ninguno de los demás fue capaz de resistir la gran falta de víveres, agua, aire puro, y luz natural. Sin embargo, los aquí presentes no tenemos tampoco rastro del grandioso aspecto que teníamos antes.
Nuestras pieles azules se han ido aclarando hasta parecer blancas, un blanco enfermizo propio de los terrestres. A través de nuestras cadavéricas pieles, se pueden ver los huesos, frágiles y débiles. El pelo se nos ha ido cayendo por falta de nutrientes, y tenemos alguna que otra enfermedad, es más, tengo la certeza de que el hombre casado ha atrapado el escorbuto.
Nuestros víveres son escasos. Aprovechando los estallidos de magma, cazamos algún que otro animal que sale despavorido del  interior del túnel. Pero los animales no son tontos, y no suelen vagar a tal profundidad hallándose cerca semejante peligro, así que nos tenemos que conformar con pequeños roedores que vienen de vez en cuando a husmear en nuestra guarida.
Tenemos la suerte de encontrar de vez en cuando un pequeño manantial subterráneo que logra saciar nuestra sed.
Pero lo más horrible, no es la falta de alimentos. Es la sensación de agobio de estar en un túnel, sin ningún tipo de iluminación y sin nada que hacer durante horas interminables. Nada cambia en el interior de la tierra. Todo sigue igual aquí abajo, y no tenemos ni idea de cómo avanza nuestra búsqueda. A veces me pregunto para qué seguimos resistiendo si no servirá de nada. Estamos condenados a pasar aquí hasta que nos encuentren, o a desfallecer por las extremas situaciones. Y las dos situaciones llevarían a la muerte. Así que, ¿por qué no adelantamos nuestro fin? Pero no me veo capaz a ello. Tengo miedo a morir, y por eso sigo resistiendo inútilmente. Sin embargo, un día esto acabará y entonces…”
Adara cerró su libreta de un golpe al escuchar un grito proveniente del lugar por donde se habían marchado sus compañeros para encontrar algo que llevarse al buche, después de unos 2 días humanos sin comer. Se levantó de un salto del lugar en el que se encontraba, formando una pequeña nube de polvo alrededor de sus pies. Con pequeños pasos dubitativos y dolorosos, la muchacha se adentró en una de las galerías. Tanta huida le había hecho torcerse el tobillo en un ángulo forzado, y era por ello que no estaba cazando con los demás.
Lentamente, se fue adentrando mientras gritaba el nombre de los demás. La preocupación golpeaba su mente. ¿Qué podría haberles pasado?
Para avanzar más rápido, se agarraba a los escollos que sobresalían de las irregulares  paredes. Los gritos habían cesado, y un silencio se apoderaba del lugar.
-¿Chicos?- susurró con miedo a quebrar el silencio. El sonido de su voz resonó en las paredes del pasillo.
De pronto, un par de manos la cogieron por detrás y una tercera mano la tapó la boca, impidiéndola gritar.
Adara, presa de pánico, empezó a patalear y a luchar por deshacerse de sus captores. Lanzando golpes a diestro y siniestro, golpeó un par de veces un cuerpo. Desesperada, mordió la mano que le tapaba la boca, disponiéndose a gritar.
-¡Ay! –Murmuro uno de sus raptores - ¡Adara, estate quieta!
La muchacha se quedó quieta, sorprendida. ¿Cómo conocían su nombre? ¿La conocían ya de antes o…?
-¿Chicos?, ¿¡Sois vosotros!? ¿Qué está pasando aquí?-
Como respuesta, solo recibió un chistido. Pero las manos la soltaron y la dejaron moverse.
-Calla, no digas nada. Lo que temíamos ha sucedido.- El rostro de la embarazada expresaba un miedo tremendo. –Nos han encontrado.
Adara la miró a los ojos. No mentía. Realmente, aquel era su fin. Se desplomó en el suelo, ya que su tobillo torcido no aguantaba más el peso de su cuerpo, mientras se masajeaba la sien buscando algún plan de huida, a pesar que sabía que no había salida posible. Si tan solo tuviesen algún modo de regresar a su planeta… sería todo tan fácil…
Pero sabía que no era así. Y los demás también, pero los Sorianteses odiaban rendirse sin más.
Y ellos contaban con ella. Y no iba a defraudarles, no mientras que me quedasen fuerzas para pensar.
-¿por dónde decís que les habéis visto venir? –Preguntó mientras entrecerraba los ojos para concentrarse.
-Se acercaban por allí. Oímos sus voces acercarse mientras que perseguíamos lo que nos pareció el sonido de un manantial. Parecían enfadados. Discutían como atraparnos, pero no entendimos lo que decían, hablaban demasiado rápido – dijo mientras señalaba el conducto contrario por el que se había acercado Adara- Pero uno de ellos nos vio. Y soltó un grito de alarma, al que respondieron más gritos aún. Y nosotros, al oírlos, salimos corriendo. Durante un momento, parecía que nos seguían, ya que oíamos sus pasos detrás nuestra, pero cuando nos dimos la vuelta, no les vimos por ningún lado. -
Aquello era extraño. ¿Por qué habían decidido dar media vuelta cuando perseguían a una panda de seres al borde del desfallecimiento, y a los que no les habría costado atrapar? Seguramente, se habían equivocado de entrada y habían ido por el lugar equivocado.
-Lo mejor será seguir huyendo. Podríamos salir por la entrada que encontró el otro día Alysa.
La embarazada, Alysa, negó con la cabeza.
-Está demasiado lejos. En situaciones normales, tardaríamos un rato en llegar, pero además, contigo herida, tardaríamos horas.
Adara se levantó de golpe.
-En ese caso, huir vosotros, yo me quedo aquí.
El muchacho de los ojos azules, que hasta ese momento había estado escondido entre las sombras, se adelantó y se plantó delante de Adara, mirándola a los ojos.
-Esa es una grandísima tontería decir eso. Apóyate mi hombro. Avanzaremos más rápido
A pesar suya, Adara se sujetó al hombro que le ofrecía. Todos avanzaron a un paso rápido, persiguiendo a Alysa. La mujer casada, iba detrás de ella. A continuación, Adara y el muchacho de los ojos azules, y por último, y cerrando el grupo, el hombre casado.
Durante eternos minutos, fueron avanzando sin descanso cogiendo uno u otro camino. Sin más sonido que su agitada respiración y los pasos que rebotaban en la inmensidad del lugar, sobresaltándoles cuando tenían la sensación de que había más pasos de lo normal.

Después de lo que les pareció una eternidad, al cruzar una esquina, no pudieron evitar soltar un grito alegre. La salida se encontraba delante de ellos, a muy pocos metros. Aceleraron el paso, felices de poder huir por fin de aquel lugar maldito.
Pero entonces sucedió.
El lugar se lleno de un ruido estremecedor que les hizo tener que taparse los oídos. Después de tanto tiempo en el silencio de su guarida, aquello era un suplicio para sus sentidos.
A su alrededor, las piedras empezaron a caerse. Y en ese momento, Adara comprendió. Los humanos habían planeado hacerles morir aplastados y estaban taladrando el suelo que había encima del túnel subterráneo. El cielo se les caía encima. Presa de pánico, Adara intentó huir hacia la salida. Pero una piedra la golpeó en la pierna y la hizo caerse al suelo. Por mucho que tirase, no consiguió deshacerse de la roca.
Aquello era un desastre. En apenas unos segundos, la salida se había tapado por culpa de las piedras.
El polvo se le metía en la boca impidiéndola gritar.
No encontraba por ningún lado a sus compañeros, pero oía sus lamentos ahogados. Otra piedra la golpeó en la frente. La sangre empezó a resbalarse por su mejilla, manchando su cuerpo de un rojo carmesí. Noto como un cuerpo se caía encima de ella y reconoció el cuerpo del muchacho de ojos azules. Notaba su respiración en su cuello. Desesperada, abrazó el cuerpo del chico, como si aquello pudiese hacer su  final más llevadero. Las piedras seguían golpeándola sin piedad.
Cansada de luchar, Adara se dejó llevar. Cerró los ojos y acogió con gran placer el abrazo de la muerte.

Años más tarde, cuando algún grupo de adolescentes con ganas de investigar se adentrase en aquel túnel, se encontrarían con cinco personas que a pesar del paso del tiempo, no habían sido devorados por las mordaces fauces de la tierra. Y les sorprenderían ver sus pieles azulaceas, sus pupilas cerradas y como en cada uno de esos rostros, se reflejaba una eterna sonrisa, la alegría de una rendición deseada durante eternas noche, la alegría de morir, pero morir libre. Gracias a esas sonrisas, se dieron cuenta de que algo les faltaba. Y gracias a esas sonrisas, se crearía una revolución.
La rebelión definitiva.

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